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Joyas de la ribera: las libélulas


libelula

Siempre que paseo junto a un río o un estanque, tengo la costumbre de buscar una de mis joyas favoritas, que puede ser de color rojo, azul o verde. A veces descubro una que reposa inmóvil sobre una hoja; o puede que vea otra mantenerse fija en el aire sobre el agua o pasar como una exhalación frente a mí. La joya que busco es la libélula, el centelleante "helicóptero" del mundo de los insectos.

Estas joyas voladoras atrajeron mi atención por primera vez hace muchos años, cuando me topé por casualidad con un arroyo que atravesaba, perezoso, un bosque. Varias libélulas, algunas de color azul metálico brillante y otras de un amarillo verdoso refulgente, se ponían y se quitaban del sol con extraordinaria rapidez.

Pasé una hora contemplando sus danzas aéreas, que transformaban el claro del bosque en un salón de baile en miniatura. No han dejado de fascinarme desde entonces. Cuanto más aprendía sobre las libélulas, más apreciaba su belleza y su valor.

Lo primero que descubrí fue que si bien el término libélula es muy abarcador, estrictamente hay que distinguir entre las libélulas propiamente dichas y los caballitos del diablo. En tanto que aquellas son excelentes voladoras y normalmente más grandes, estos son más frágiles, y su vuelo, mucho más limitado.

Una de las diferencias fundamentales estriba en la forma de mantener las alas. normalmente En reposo, las libélulas normalmente extienden los dos pares de alas horizontalmente, mientras que los caballitos del diablo las pliegan una contra otra encima del cuerpo.

De vez en cuando, las libélulas dirigen las alas hacia abajo y proyectan el cuerpo hacia arriba en dirección al sol. Adoptan esta postura para refrescarse, pues reduce la superficie corporal expuesta al sol. Lo primero que me asombró fue la aparente facilidad de las libélulas para cazar mosquitos en el aire.

A mí me resulta casi imposible aplastar una mosca grande que reposa plácidamente en la pared de la cocina. "¿Qué tienen las libélulas que no tengo yo?", me preguntaba. Dos cosas: un dominio absoluto del aire y unos ojos que serían la envidia de un vigía.

El vuelo de las libélulas

Llamar helicópteros a las libélulas, un apodo común en España, es en realidad menospreciarlas. Realizan sus acrobacias aéreas con tanta rapidez que a veces es imposible seguirlas con la vista.

En arrancadas breves, algunas especies pueden alcanzar una velocidad máxima de hasta 96 kilómetros por hora. También pueden mantenerse fijas en el aire, o volar hacia atrás, hacia adelante o a los lados en el acto. Además, los científicos calculan que, cuando las libélulas cambian bruscamente de dirección en el aire, deben soportar una fuerza de hasta 2,5 G.

Las libélulas poseen dos pares de alas flexibles con aspecto de encaje, que aunque parecen frágiles, pueden batir hasta cuarenta veces por segundo y recibir golpes sin apenas sufrir daño. El biólogo Robin J. Wootton dice que son "pequeñas obras maestras de ingenioso diseño". "Cuanto mejor entendemos el funcionamiento de las alas de los insectos - añade -, más sutil y hermoso nos parece su diseño. [...] Pocos productos tecnológicos, si acaso alguno, pueden compararse con ellas."

No sorprende que los ingenieros aeronáuticos estén estudiando actualmente las técnicas del vuelo de las libélulas. Una cabeza llena de ojos Si el vuelo de las libélulas es extraordinario, no se puede decir menos de su vista.

Dos enormes ojos compuestos cubren casi completamente su cabeza. Cada uno de ellos tiene hasta treinta mil facetas hexagonales, que son como diminutos ojos dentro del ojo, pues cada una transmite una imagen separada al cerebro. Esto no quiere decir, sin embargo, que las libélulas vean miles de imágenes diferentes al mismo tiempo. En lugar de ver una imagen completa, son sensibles al movimiento y detectan diseños, contrastes y formas.

Todas esas imágenes tienen que analizarse. Por ello, el 80% del cerebro de la libélula está dedicado a evaluar la información visual. Pocos sistemas ópticos son tan sensibles; una libélula puede descubrir un mosquito que esté a unos 20 metros de distancia. Incluso al atardecer, cuando la luz es tan débil que un observador humano difícilmente divisaría moscas diminutas, las libélulas tropicales las capturan fácilmente.

Cuando las libélulas atraviesan rápidamente, como una exhalación, la vegetación ribereña, han de tomar cientos de decisiones instantáneas. Lo hacen gracias a que pueden ver hasta cien imágenes distintas por segundo, cinco veces más que nosotros. Así, una película, que se proyecta a razón de veinticuatro imágenes por segundo, a una libélula le parecería una serie de fotografías.

Un cambio de vida

Cuando una libélula comienza a vivir, no hay ningún indicio de que llegará a ser una voladora tan consumada y atractiva. Después de eclosionar, la larva acuática permanece más o menos inmóvil en un estanque o un arroyo, a la espera de atrapar todo alimento que se ponga a su alcance.

Tras mudar muchas veces la piel - durante varios meses o incluso años en el caso de algunas especies -, la larva sube trepando por un junco, donde se produce una extraordinaria metamorfosis. La piel se abre por el tórax, y poco a poco sale una libélula completamente formada.

Como les ocurre a las mariposas, el insecto adulto que acaba de salir tiene que esperar unas pocas horas hasta que las alas se pongan rígidas y así comienza una nueva vida. En cuestión de días, su sabiduría instintiva le permite cazar y dominar las complejidades del vuelo.

Enseguida, la joven libélula se hace una experta en cazar al vuelo moscas y mosquitos. Como devora todos los días una cantidad de insectos equivalente a su propio peso, realiza un servicio muy valioso. A fin de asegurarse un abastecimiento de alimento seguro, muchas libélulas machos marcan los límites de pequeños territorios, que patrullan celosamente.

Algunas especies cazan áfidos o escarabajos, otras capturan ranas diminutas y hay una libélula tropical que incluso se alimenta de arañas. Ronda la tela de una gran araña constructora y atrapa las arañas más pequeñas que visitan la tela para aprovechar los restos que deja tras de sí la propietaria.

Testimonio contra la evolución

Muchos científicos evolucionistas consideran que las libélulas son los insectos voladores más antiguos. En Francia se descubrió el fósil de una impresión de las alas de una libélula cuya envergadura era de 75 centímetros. Se trata del mayor insecto conocido: es tres veces mayor que cualquiera de las libélulas existentes.

"¿Cómo es posible - me pregunto - que uno de los mecanismos voladores más complejos que el hombre conoce sencillamente apareciera perfectamente desarrollado?" "No hay fósiles de insectos que sean el eslabón intermedio entre el estado sin alas y el alado", admite el libro Alien Empire - An Exploration of the Lives of Insects (El imperio desconocido. Un estudio de la vida de los insectos). Es patente que las libélulas son la obra de un Diseñador magistral inteligente.

Las libélulas han logrado colonizar casi todo lugar del globo terráqueo. Harán su hogar junto a los lagos alpinos, los pantanos ecuatoriales y hasta las piscinas de las afueras de las ciudades.

He visto enjambres de libélulas en una playa tropical de África, así como a las solitarias libélulas emperador patrullar sin descanso su estanque europeo favorito. Y cuando crucé en canoa un frondoso cañón de las Filipinas, me escoltaron brillantes libélulas, que incluso se posaban sobre mis brazos desnudos.

Aunque la libélula tal vez sea una de las máquinas voladoras más complejas de la Tierra, siempre me han impresionado más su elegancia y belleza que sus dotes para el vuelo.

Su presencia da un brillo especial a nuestros estanques y riberas. Son las joyas ideales: siempre están ahí para que disfrutemos de ellas.

Fuente: Revista Despertad (España - 22 de junio de 1997)