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Contra la contaminación acústica en España

Oriol Pi (La Vanguardia, 24/08/2000)

Los ruidos son directamente causantes de trastornos como el estrés, la irritabilidad y el insomnio.

Según la Agencia Europea del Medio Ambiente, Barcelona es una de las ciudades más ruidosas de Europa. Aquí los niveles de humedad ambiental suelen ser elevados. Sobre todo en estos meses en que soplan, si es que soplan, los vientos que llegan del desierto.

Cálidos y densos de vapor de agua, tras su largo recorrido sobre el mar, estos vientos de componente sur se proyectan sobre nuestra costa. Y, si no corre el aire, el bochorno es seguro. En el caso de que lleguen a condensarse algunas nubes, pueden descargar algo de agua polvorienta cuando, al atardecer o por la noche, el ambiente se enfría.

Por su situación geográfica, Barcelona, como otras ciudades entre el mar y la montaña prelitoral, presenta en verano una ventilación menor de lo que convendría. En invierno, esta situación es ideal: tenemos la espalda a cubierto de los vientos fríos del norte.

Pero en verano, quedamos a merced de las brisas marinas, enormemente cargadas de humedad, que nos queda encima como en una cazuela. Cuando el sol se retira y cesa la evaporación, esta humedad, con los sólidos en suspensión, se vuelve pastosa. Es entonces, más que nunca, cuando se deja notar el efecto campana.

Los sonidos retumban, sobre todo cuando se dan bajas presiones y el aire no circula en absoluto. La percepción del ruido ambiente es superior por la noche, cuando la capa aislante de la biosfera parece que, queriéndonos resguardar, se hace más compacta.

Los niveles de contaminación acústica en Barcelona, y en Cataluña en general, especialmente en la Cataluña de la costa, se multiplican por el efecto campana. 'Uno de cada tres barceloneses sufre niveles de ruido extremos', titulaba nuestro periódico hace unas semanas.

Sabiéndolo como lo sabemos, se deberían haber activado planes para prevenir y combatir los resultados de esta nefasta combinación entre nuestros condicionantes geográficos y nuestra exageradísima propensión a producir incontroladamente decibelios. Pero no es así.

Los ruidos y las vibraciones son elementos contaminantes susceptibles de afectar gravemente a la salud. Y no sólo porque impiden el descanso, que es un derecho universalmente reconocido, sino porque son factores directamente causantes de trastornos físicos y psíquicos, como el estrés, la irritabilidad, el insomnio, etcétera.

Pero a pesar de que todo esto se sabe es enorme todavía la insensibilidad ciudadana y la de los organismos encargados de velar por la salud pública y por la calidad de vida en nuestras ciudades.

El ruido es otra más de las contaminaciones atmosféricas que se nos imponen. El problema no son únicamente los vehículos privados. Mucho más lo son las sirenas de las ambulancias, la policía o los coches de bomberos, en general absolutamente desproporcionadas a sus necesidades.

Mucho más lo son las alarmas que se disparan cada dos por tres. Mucho más lo son las terrazas musicales al aire libre hasta las cinco de la madrugada. Mucho más lo son los estruendosos amplificadores con que algunos músicos callejeros desvirtúan el sentido de la música artesana en el espacio público.

En las concesiones de licencias de obras y de permisos para el uso del espacio público se debería ser muy cuidadoso en todos los aspectos medioambientales, incluidos los referentes a la contaminación acústica. Aunque la emisión agresiva de sonidos en el espacio común va cada día a más.

En octubre hará cinco años que el entonces conseller Vilalta dictó una resolución por la que se aprobaba una ordenanza municipal tipo, reguladora del ruido y las vibraciones. Pero ¿cuántos ayuntamientos han aprobado ordenanzas al respecto?.

Se impone un pacto social en la lucha contra la contaminación acústica. Necesitamos con urgencia programas de reeducación cívica frente a la emisión descontrolada de sonidos.

Pero también normativas. Y que se hagan cumplir.