¿qué sabe ud. de Ecología?
Para quienes viven en Argentina
y para los que viven en otros países
Gracias por intervenir !
por Alberto Ledo
Esto no es el acabose, es el continuose del empezose... decía alguna vez Mafalda...
Estamos llegando al fin de este siglo, y el balance es inevitable. Esto es obvio.
Como en todo fin de siglo, asoman su nariz los cucos más diversos. Esta vez afloran, aquí y allá, las más variadas "terrorías": desde las profecías tremendistas, aves agoreras de la destrucción total, hasta las escuelas mesiánicas, salvadoras de pecadores descarriados.
Pasando por los "lúcidos" tecnócratas, prometedores de tiempos mejores a través de un supuesto progreso, los "cuerdos" políticos, que desestiman cualquier alerta, (aunque esta alerta pruebe ser veraz con el paso del tiempo), y por supuesto, la gente común, la gente, informada o no, consciente o no, preocupada sin duda al ver su país y su mundo sumido cada vez más en el descontrol, la locura y el saqueo.
Todo esto sumado a la amenaza del desempleo, la extinción de la justicia y la desaparición del aire puro.
El aire ya no es gratis mis queridos amigos. Quien quiera respirar aire puro deberá desembolsar importantes cantidades de billetes en algún lugar remoto, en alguno de esos pocos lugares que aún quedan en nuestro castigado planeta.
La comarca andina del paralelo 42 es uno de esos lugares. O por lo menos lo fue hasta ahora para muchos de los que nacieron o decidieron habitar en ella.
Es por eso que los habitantes de la comarca andina, como habitantes de la argentina, como habitantes del mundo, no podemos sustraernos a este balance. Sobre todo en este momento, en donde la emergencia económica se enfrenta inevitablemente con la emergencia ambiental: problema del planeta todo. Problema - este sí - global, si es que el término global significa algo más que monopolios económicos y grupos financieros.
En el plano de las conjeturas, podríamos decir que una verdadera mentalidad "global" sería, quizás, una conciencia del mundo como un todo funcional, en donde las políticas tendieran al equilibrio y a la seguridad recíproca, al bienestar de los individuos, a la protección de nuestro espacio común, al respeto de todos los seres vivos, y no fueran una nueva excusa para la utilización indiscriminada de los recursos y la explotación bajo cualquiera de sus formas.
Es por eso que el tema del paso a Chile va mucho más allá de la discusión sobre un camino. Va muchísimo más allá de la polémica entre unos cuantos comerciantes ávidos de incrementar sus ingresos y los grupos medioambientales preocupados por la destrucción sistemática del planeta. Este es un tema que nos compromete a todos los que habitamos esta comarca, seamos o no prestadores turísticos. Seamos o no militantes ecologistas.
Aquí el problema es de fondo y es de todos. De todos los que nacieron en este valle o de los que, como yo, vinimos aquí en busca de tranquilidad, de aire puro y de un entorno natural sano y protegido. Es por eso que la discusión sobre el camino es solamente el síntoma de algo que viene de más lejos.
Aquí el problema es profundo, y no es sólo de orden práctico. Es un problema de orden teórico, ético, y si se me permite el manoseado término: de orden espiritual. Y cuando digo Espiritual, no es en el sentido religioso de la palabra.
El tema en discusión tiene que ver con la naturaleza humana, tiene que ver con un replanteo de nuestras escalas de valores, tiene que ver con los alcances de nuestro egoísmo. Tiene que ver con el ansia ilimitada de riquezas de algunos. Tiene que ver con la pobreza obscena de las tres cuartas partes de los habitantes del planeta. Tiene que ver con la insatisfacción del ser humano en general, y con un sistema social y económico basado en la ambición ilimitada, en el confort a cualquier costo y el despilfarro de los recursos en pos de un mundo "moderno y feliz".
Un mundo en donde se prioriza a toda costa el avance tecnológico, y en donde la idea de "progreso" está indisolublemente asociada con la mecanización y el crecimiento cuantitativo, aunque esto traiga aparejado daños irreversibles del medio ambiente, agotamiento de los recursos naturales y desocupación a gran escala.
La idea de que la ciencia todo lo arregla y de que los programas políticos terminan solucionando los problemas económicos es un viejo axioma que habría que revisar de una vez por todas. El ser humano no está mejor, no somos más felices, no tenemos más tiempo para el ocio creador. No somos más libres. Ni más justos, ni más buenos, ni más pacíficos. En ese sentido, no hemos progresado NADA.
Por eso, repito, a riesgo de ser reiterativo, la discusión sobre el Paso Puelo es sólo el síntoma de un mal que tiene que ver con dos visiones del mundo:
Para unos, el tema en discusión tiene que ver con el crecimiento económico, con el aumento de la producción, de la oferta y la demanda, del probable incremento de las fuentes de trabajo.
Para los otros, estos son los argumentos que utiliza el discurso oficial mercantilista para minimizar los peligros que acarrea la alteración del delicado equilibrio de la naturaleza en una zona como la que habitamos.
De ahí la confrontación y la barrera de incomprensión que existe entre los que por una lado quieren el "progreso de la región" y los que por el otro ven, detrás de la palabra progreso, una excusa para nuevos abusos.
Por mi parte, considero imperdonable seguir ignorando, en pleno 1999 los desastres y catástrofes producidos por la acción del hombre a lo largo de este último siglo.
Si realmente vivimos en el "primer mundo", en un mundo moderno e informatizado, tenemos la obligación de saber todo lo que sucede y sucedió en términos de deforestación, contaminación química de ríos y mares y aumento de la radiación en la tierra durante la segunda mitad del siglo XX.
No hace falta ser Nostradamus ni consultar ningún oráculo para prever la hecatombe. Enumerar todas las catástrofes sería larguísimo y me colocaría automáticamente en la lista de los "tremendistas".
Basta leer las estadísticas. (No está de más recordar los clásicos: destrucción de la selva amazónica, cuya superficie desaparece cada año a un promedio equivalente al territorio de Gran Bretaña, la desaparición de las selvas en Africa, de las cuales sólo sobrevive el 5%. La extinción de miles de especies animales y vegetales. La explosión de Chernobyl. Parecería que esto se toma como algo normal e inevitable).
Me pregunto ¿ser sensible a todo esto significa estar en una posición retrógrada que frena el "progreso"?. Me parece que este argumento es ya muy viejo. Los países del verdadero primer mundo están dando marcha atrás en muchos de estos campos. Lo realmente retrógrado es seguir ignorándolo.
Y he aquí el nudo del problema. He aquí el verdadero balance que este fin de siglo nos exige: La conciencia de nuestro rol sobre esta tierra.
¿No habrá llegado el momento de pensar en un cambio drástico, pero drástico en serio, a nivel de las políticas ambientales de la utilización de tecnologías obsoletas, responsables de la contaminación y destrucción irreversible de nuestro mundo?
No será que hay cosas que no van más?. ¿No será que hay cosas que ya no se pueden hacer? ¿No habrá llegado el momento de definitivamente aceptar que se pudrió todo y que lamentablemente hay cosas que se acabaron para siempre?
¿Vamos a seguir confundiendo la democracia y la libertad individual con el permiso para sacar provecho personal de cualquier situación? ¿Vamos a seguir jugando al sálvese quién pueda?
Claro, cambiar las reglas del juego exigiría un cambio en nuestras costumbres, un cambio en nuestros estilos de vida. Exigiría un replanteo de nuestras metas y de nuestras ambiciones personales. Un replanteo que haría de nosotros personajes más parecidos a la Madre Teresa o a Gandhi que a cualquiera de los modelos de triunfo que nos quieren vender. Esto significaría un cambio tal en nuestra visión de la vida, que probablemente ninguno de nosotros esté aún preparado o dispuesto.
Es por eso que el tema del paso Puelo, insisto, va más allá de la discusión sobre un camino.
Y más vale que pensemos muy bien en todo esto, porque aquí nos va no sólo el futuro de nuestra región, sino también el futuro del mundo también.
Las consecuencias son irreversibles.
* Alberto Ledo/ Julio 99