¿qué sabe ud. de Ecología?
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"Llegaron a tierra donde no vieron hombres, sino muchas mujeres, que los indios llaman Cuña Atenare, que quiere decir 'mugeres varoniles', y los christianos Amazonas. Estas tienen las tetas derechas chicas como los hombres con artificio, de modo que no crecen, para fijar las flechas, y las esquierdas largas como otras mugeres. Están armadas como los indios. Su reina se llama Cuña Muchú, que quiere decir 'muger' o 'señora grande', estava entonces en una isla del río"(35)
Bernardo de Balbuena
Las selvas amazónicas están desapareciendo entre el humo de los incendios forestales, en un proceso trágico propagado rápidamente por la construcción de carreteras
Por EUGENE LINDEN SANTAREM (TIME)
Me dirigía a una zona minúscula en plena cuenca del Amazonas, un kilómetro cuadrado de tierra en medio del Bosque Nacional de Tapajós en Brasil, a 67 kilómetros de Santarém, en el estado de Pará. Tras avanzar dando tumbos por un camino inundado y lleno de baches hacia el interior de esta reserva natural establecida hace 25 años, por fin llegué a mi destino: una escena surrealista en el corazón del bosque húmedo.
El suelo estaba cubierto por tiendas de plástico transparente, recorrido por una complicada red de trincheras y pozos. Descendí al fondo de uno de los hoyos y descubrí que a pesar de los aguaceros intermitentes que azotan la selva, la tierra estaba seca. La función de las cubiertas de plástico y las trincheras era evitar que el agua de lluvia penetrara en esta sección del bosque. El resultado, como se preveía, era que los grandes nogales, cedros y otros árboles magníficos de la zona se estaban muriendo de sed, a pesar del agua de lluvia que mojaba sus copas.
El asesinato deliberado de árboles, una especie de selvicidio, es intencionado. En esta zona fantasmagórica, que recuerda a las obras del artista Christo, se desarrolla un experimento, cuyo costo de 700.000 dólares está siendo cofinanciado por Brasil y Estados Unidos para estudiar qué ocurre cuando un pedazo de bosque húmedo muere lentamente de sed. El experimento era una versión controlada de algo que los botánicos temen que esté pasando por toda la Amazonia, precursor de un desastre que podría ocurrir en unos pocos años, o meses.
El encargado de esta extraña prueba es un botánico norteamericano, Dan Nepstad, de 42 años. Este amable y lacónico científico divide su tiempo entre el Centro de Investigación Woods Hole, en Massachusetts, y el Instituto de Investigación Medioambiental de la Amazonia (IPAM), en Belém.
El filósofo Francis Bacon escribió en el siglo XVI que la naturaleza revela mejor sus secretos bajo tortura. Y eso es lo que está haciendo Nepstad en una pequeña zona del bosque para ayudar a salvar 150 millones de hectáreas, un área tres veces más grande que Francia, que están en peligro inminente de ser arrasadas por tormentas de fuego de dimensiones nunca vistas.
La preocupación de Nepstad se basan en numerosas pruebas. Casi todos los años arden sectores cada vez más grandes de bosque húmedo. En ocasiones la devastación es inimaginable.
En 1998, tras los cambios climáticos provocados por el fenómeno meteorológico de El Niño y el consiguiente calentamiento de las aguas del Pacífico en las costas de Sudamérica, se quemaron unos 40.000 kilómetros cuadrados. Más de 700 personas murieron a consecuencia de problemas derivados del humo, más de 10.000 acabaron en el hospital, y muchos miles más, no registrados en ninguna estadística, resultaron afectados de otras maneras.
Al año siguiente, el presidente Fernando Henrique Cardoso intentó visitar el estado de Acre, al noroeste del país. Iba a ser la primera visita de un presidente en los últimos 30 años, pero el bosque ardía de nuevo y Cardoso tuvo que cancelar su viaje. Nepstad calcula que en el futuro próximo un tercio del denso bosque amazónico será vulnerable al fuego.
La naturaleza nos da una pista del potencial catastrófico de esta situación al observar el fondo seco de los pozos de Tapajós. Los árboles del bosque húmedo se alimentan exclusivamente por medio de sus raíces, que absorben la humedad hasta a 18 metros por debajo de la frágil cubierta terrestre. En época de sequías periódicas, como las que provocó El Niño en 1998, la vegetación puede agotar rápidamente el agua del subsuelo, lo que provoca la desecación de los árboles, convirtiéndolos en antorchas a punto de explotar.
El Niño proporciona la leña, pero los hombres prenden la llama. La mayoría de los grandes fuegos es causada por la penetración humana en la Amazonia, no por rayos u otras causas naturales. Y esta penetración es cada vez mayor, junto a la deforestación y la agricultura de tala y quema. El fuego, la deforestación y las carreteras forman un triángulo infernal.
En 1998 las autoridades brasileñas tuvieron que combatir grandes incendios en los estados de Pará, donde se quemó el 40% de los bosques del sureste, Roraima y Mato Grosso. La mayoría se iniciaron cerca de carreteras, cuando los colonos prendieron fuego al bosque para despejar la tierra y así poder sembrar. La única razón por la que el denso bosque en la región de Tapajós se salvó entonces, fue porque todavía no había carreteras pavimentadas que llegaran hasta las zonas más vulnerables. Pero ya comienzan a llegar.
Científicos de todo el mundo han descubierto que las carreteras son el mejor barómetro, aunque no sea infalible, para predecir la deforestación tropical. En la Amazonia brasileña, alrededor del 75% de la deforestación se ha producido en un radio de 50 kms de una carretera asfaltada.
Las estadísticas son impresionantes: 26 años después de asfaltar la estrecha autopista que une la ciudad amazónica de Belém con Brasilia, la capital del país, el 58% del bosque ha desaparecido en una franja de 100 kms a ambos lados de la carretera. Los 1.460 km de la autopista BR-364 entre la ciudad de Cuiabá, en Mato Grosso, y Porto Velho, en Rondônia, han causado la desaparición de un tercio de la masa forestal en tan sólo 15 años.
Y ahora le toca el turno a esta región de Pará. Los ministerios brasileños de planificación y transporte han ignorado, u olvidado, la tragedia de 1998. Sin consultar al Ministerio de Medio Ambiente, han aprobado la pavimentación del último tramo de tierra de la BR-163, una carretera que avanza 1.741 kms al norte y al este desde Campo Grande en Mato Grosso do Soul hasta la ciudad de Santarém, en Pará. Los 700 km sin asfaltar pasan directamente junto a la reserva nacional de Tapajós, atravesando millones de hectáreas de las zonas más vulnerables del bosque húmedo.
En la estación de lluvias hacen falta 6 días para recorrer ese trayecto, pero si la carretera estuviera asfaltada apenas se tardaría un día. La decisión de pavimentar ha sido impulsada en gran medida por las grandes compañías agroindustriales del sur, que ven esta carretera como un medio para incrementar sus exportaciones de soja.
Brasil es el segundo exportador mundial, después de EE.UU. Un consorcio brasileño-norteamericano tiene previsto construir un enorme puerto y sistema de carga en Santarém, una apacible ciudad ubicada en la confluencia de los ríos Amazonas y Tapajós, a 700 kms del Atlántico. La exportación desde Santarém les ahorraría a las firmas agrícolas un dólar por cada 30 kg de grano de soja.
Nepstad alega que los costos para el bosque superarán con creces los posibles beneficios. Si se asfalta la carretera acudirán muchos más colonos, explica, y los incendios serán inevitables. Además, la experiencia demuestra que el fuego genera más fuego.
Los árboles muertos sirven de combustible para las quemas sucesivas, y las áreas despejadas de arbolado suelen ser 12°C más calurosas que el suelo del bosque húmedo protegido por las copas de los árboles, que absorben hasta el 99% de los rayos solares. De hecho, si sigue adelante al plan para asfaltar la BR-163 y se cumplen los peores temores de Nepstad, los mismos exportadores de soja podrían ser víctimas de sus miopes planes de desarrollo.
El bosque amazónico recicla anualmente 7.000 billones de toneladas de agua desde el suelo a la atmósfera, casi el 50% de la humedad que recibe de las lluvias. Buena parte de este vapor de agua es transportado por corrientes de aire que chocan con la barrera de los Andes y se dirigen al sur para precipitarse en las regiones agrícolas de los estados de Mato Grosso y Goiás, los graneros de Brasil. En suma, si se destruye el bosque amazónico del norte, no lloverá en el sur. La amenaza de una catástrofe no sólo se limita a unos cuantos árboles en regiones remotas.
Los científicos saben desde hace tiempo que el fuego es una amenaza gigantesca para el bosque húmedo. De hecho, fue la tala y quema incontrolada lo que me trajo a Brasil por primera vez en 1989, cuando escribí un reportaje para TIME titulado Torching the Amazon (La Amazonia en llamas). Desde entonces he visitado partes de este gigantesco ecosistema en países vecinos, pero ésta es la primera vez que regreso a la Amazonia brasileña. Y a pesar de tantos motivos para la inquietud, hallé algunas buenas noticias.
Por ejemplo, hace diez años pocos suponían que el inmenso estado de Amazonas, limítrofe con Pará, sería el menos deforestado del ecosistema. En aquella época el gobernador, Amazonino Mendes, ofrecía sierras mecánicas gratuitas con el fin de incentivar la tala.
Y aunque la riqueza y el tamaño de Manaos, capital de Amazonas, haya crecido rápidamente, no ha sido a costa del talado masivo de árboles. Quizás hay otras razones. La tierra de la zona es muy pobre, lo que desalienta a los agricultores, y la mayoría de los inmigrantes gana más dinero en la ciudad.
La actitud de la opinión pública brasileña respecto al bosque tropical también ha cambiado drásticamente. En 1989 el presidente José Sarney se puso a la defensiva y rechazó las críticas a Brasil por no proteger a la Amazonia. Por el contrario, en junio pasado una masiva protesta popular obligó al Congreso brasileño a descartar un plan que reduciría del 80% al 50% el área destinada a reservas naturales en futuros proyectos de desarrollo de la región.
Entre los críticos más vehementes del plan estaba José Sarney Filho, ministro de Medio Ambiente e hijo del ex presidente. En Acre, el estado fronterizo donde en 1988 unos hacendados asesinaron al ambientalista Chico Mendes, líder del movimiento para contener la deforestación, el cambio ha sido aún más espectacular. El gobernador actual de Acre, Jorge Viana, fue elegido en 1988 sobre la base de un programa político fuertemente ambientalista. Desde su llegada al poder, ha suspendido los planes de su predecesor de asfaltar 2.000 km de carreteras en el estado. El año pasado Viana fue elegido por TIME uno de los líderes regionales para el nuevo milenio.
Pero algunas amenazas al bosque tropical han aumentado. El Congreso de Brasil eliminó casi todos los subsidios que promueven la explotación ganadera indiscriminada y la tala de bosques en la región amazónica, pero ha favorecido otras formas de destrucción. Aunque se aprobaron leyes que prohíben nuevos asentamientos en la selva virgen, políticos ávidos de votos han incentivado la migración de unos 10 millones de pobres sin tierra hacia el interior del país.
En su afán de despejar terrenos para instalar huertos de subsistencia, los recién llegados utilizan una herramienta sencilla y económica: el fuego. Poco tardan en percatarse que el bosque tropical está muy lejos de ofrecer buenas tierras para el cultivo, porque la naturaleza misma del ecosistema consiste en reciclar materia orgánica sin enriquecer el suelo.
El carácter ácido del suelo boscoso queda exhausto tras unas pocas cosechas y los colonos se ven obligados a trasladarse a nuevas zonas y malvender sus terrenos baldíos a los hacendados. Y así avanza la destrucción. En toda la Amazonia observé vastos territorios degradados donde antes se erguían densos bosques. En total, la región tiene unos 550.000 km cuadrados de tierras taladas y un tercio de ellas está abandonado.
Los intentos de destinar grandes extensiones de terreno para la agricultura también han fracasado. En 1989 volé sobre la cuenca de captación para la represa de Samuel, un complejo hidroeléctrico cerca de Porto Velho, en el estado de Rondônia. El terreno de la zona es tan llano que el nuevo dique había inundado y destruido 46.500 hectáreas de bosque, dejando a su paso árboles muertos que asomaban entre las aguas poco profundas, convertidas ahora en un vivero de mosquitos.
Los árboles muertos y los mosquitos aún estaban allí cuando volví a volar sobre la zona, pero además, en poco más de once años, el dique se ha cargado de sedimentos y su provisión de agua ha disminuido, algo que los críticos ya habían pronosticado cuando comenzó a construirse.
Cada año el problema empeora y se quema cada vez más y más territorio amazónico. Nepstad descubrió que el desastre causado por El Niño en 1998 había superado todas las estimaciones. Aunque el follaje del bosque había quedado casi intacto, los incendios de los matorrales habían incinerado miles de kilómetros cuadrados de vegetación bajo las tupidas copas de los árboles.
Además, Nepstad y sus colegas se han dado cuenta de que los incendios de un primer año de sequía suelen preparar el camino para nuevos incendios en el siguiente, incluso aunque llueva. Durante el primer año de sequía causada por el El Niño, la flora del bosque tropical absorbe toda el agua de los cinco metros de terreno más cercanos a la superficie.
Salvo que un verdadero diluvio recargue el suelo, la falta de agua no será compensada con la siguiente temporada de lluvias, de modo que cuando regrese la época de sequía la humedad estará a más profundidad, más allá del alcance de las raíces de los árboles. En estas condiciones, los árboles responden dejando caer hojas, lo cual permite que la luz penetre por el follaje raleado y llegue a zonas quemadas por fuegos anteriores. De esta forma aumenta el material combustible y aumenta el peligro de que ardan los árboles más grandes que sobrevivieron a los fuegos del ciclo anterior.
Los efectos directos e indirectos del fuego también reducen la humedad y la lluvia, y aumentan las posibilidades de más incendios. Los terrenos despejados liberan menos vapor de agua que los boscosos, mientras que el humo inhibe la lluvia al saturar los cielos con innumerables partículas que sirven de base para la formación de pequeñas gotas.
Según un estudio de David Rosenfeld, investigador de la Universidad de Jerusalén en Israel, estas gotitas de agua son tan diminutas y livianas que no tienen peso suficiente para precipitarse. Son básicamente nubes estériles. Se transforman en niebla y aumentan las posibilidades de más fuego, más humo e incluso menos lluvia.
La combinación de sequías naturales, saqueos humanos e incendios pueden transformar los bosques tropicales húmedos en una sabana. Esta es la teoría que sostiene Bruce Nelson, un ecologista que trabaja con el Instituto Nacional de Investigaciones de la Amazonia (INPA) desde 1979. Nelson cree que los indios precolombinos quemaron repetidas veces un bosque tropical y así dieron origen a la Gran Sabana de Venezuela, un área de 75.000 kms cuadrados de estepa que se extiende por el sureste de este país. Como prueba, Nelson muestra que la Gran Sabana no tiene especies arbóreas resistentes al fuego, a diferencia de los prados naturales que la rodean. Dicho de otro modo, los bosques que se quemaron hace cientos de años han sido permanentemente eliminados del ecosistema.
Un viaje al sur de Porto Velho por la carretera BR-364 ilustra un proceso similar que se está desarrollando en el siglo XXI. En 1989 las pequeñas granjas de la zona estaban rodeadas de sectores boscosos. Ahora predominan pastizales salpicados con los 6 millones de cabezas de ganado de Rondônia. A una hora de la ciudad se ha comenzado a destruir ilegalmente uno de los pocos espacios cubiertos con bosque que quedan junto al camino. Los nuevos colonos han usado cuanto camino o carretera han encontrado, incluyendo la servidumbre de paso aclarada para las líneas de alta tensión que atraviesan el bosque.
Curiosamente, esta ocupación ilegal ocurrió junto a uno de los tramos más transitados de Rondônia. En menos de una semana se llevaron a cabo más de una docena de talas, un ataque que sugiere la existencia de cierta organización y planificación. Antonio Alves, uno de los colonos, afirma haber llegado allí porque le dijeron que era tierra de nadie. Lo cierto es que pertenece a una organización sin fines de lucro que no ha podido demostrar hasta ahora su título legal sobre la tierra. Funcionarios del Instituto Brasileño de Medio Ambiente (IBAMA) sospechan que un político local avisó a los colonos de esta oportunidad.
Nepstad teme que ocurra algo semejante con la carretera BR-163, pero de una magnitud muchísimo mayor. Pero esta vez la invasión afectará a la región más susceptible a los incendios de todo el bosque tropical. El bosque junto a la ruta podría desaparecer en un abrir y cerrar de ojos. Una sequía producto de El Niño podría ser suficiente si la carretera estuviera terminada y los nuevos asentamientos ya formados. Los científicos creen que si esto sucede, una temporada de incendios podría destruir 100.000 km cuadrados de bosque, más del doble de la superficie que en 1998 se incendió en todo Brasil.
La gran mayoría de los ambientalistas y funcionarios brasileños con que hablé se mostraron perplejos de que la construcción de la carretera BR-364 se aprobó sin realizar los habituales estudios y discusiones. La vía forma parte de la red de 6.245 kms que forma parte del programa Avança Brasil para el desarrollo económico y la infraestructura.
Marina Silva, senadora de Acre y una de los pocos parlamentarios de orientación ambientalista, afirma que el plan se aprobó sin casi ningún debate. Pero esta aprobación rápida ha tenido un efecto contraproducente para sus partidarios, porque la falta de una evaluación de impacto ambiental ha dado a los críticos la oportunidad de frenar el proyecto mientras se reagrupan para combatirlo. Abogados y grupos ambientalistas han diseñado una estrategia de acoso al Gobierno para que éste de garantías sobre cada aspecto de la construcción de la carretera.
Aún queda una remota posibilidad de que el proyecto se suspenda, ya que todos pierden con los incendios incontrolados. Uno de ellos es José Baranak, dueño de la maderera Cemex. La carretera BR-163 pasa muy cerca de su propiedad de 11.000 hectáreas. Baranak ha debido adoptar medidas extraordinarias, incluyendo la creación de barreras contra incendios y programas de recolección de basura, para evitar que el fuego destruya una empresa que nació hace 22 años.
El aserradero de Cemex da trabajo a más gente que ningún otro en Santarém, y sus plantaciones al sur de la ciudad son un modelo de gestión forestal. Baranak espera recibir un certificado oficial por sus métodos ecológicos.
Baranak es más conservacionista que ambientalista y no tolera ningún tipo de desaprovechamiento. El 70% de los 1.200 m3 de madera que exporta su empresa cada mes proviene de tierras donde se llevan aplicando desde el principio planes de reforestación. Sus socios y empleados procuran convencer a los vecinos de que reduzcan su vulnerabilidad al fuego. Pero la mayoría no tiene los medios para actuar, incluso si se muestran dispuestos. Baranak se asombra de que el Gobierno no pueda organizar asentamientos de colonos sin tierra lejos de los bosques vírgenes. "INCRA (el Instituto Nacional de Colonización y Reforma Agraria) envía gente al bosque y cree que ahí terminan sus responsabilidades". Pero aunque Baranak se da cuenta de la potencial catástrofe, ve la carretera como algo inevitable, incluso positivo.
De todos modos, el empresario Baranak se encuentra entre los más escépticos de la región. La mayoría de la gente considera que la carretera asfaltada será una panacea para el desarrollo económico. Aunque todos temen los incendios, pocos los vinculan con la autopista. Casi todos en esta zona de Pará ignoran que viven sentados sobre un barril de pólvora.
En definitiva, el mejor amigo del bosque parece ser la inercia social. La renombrada Autopista Transamazónica lleva más de tres décadas en construcción, y aún está lejos de terminarse. Otros trazados en el Amazonas han sido prácticamente abandonados. La carretera que unía Porto Velho con Manaos se vuelve intransitable apenas a dos horas de distancia de Porto Velho.
El ecólogo Nepstad sostiene que una red de carreteras asfaltadas más limitada sería suficiente para comunicar a Santarém con el resto de Brasil en todas las estaciones del año, y además prevendría la invasión de colonos sin autorización desde el sur. Los exportadores de soja ya tienen vías de acceso asfaltadas hasta las vías navegables amazónicas a través de Porto Velho.
La mentalidad también ha cambiado en lugares de la Amazonia que ya han visto los efectos de las carreteras. El gobernador Viana y muchos otros ciudadanos de Acre no quieren un desarrollo explosivo como el de Rondônia en su estado hermoso y agreste: "Nuestra lucha es conseguir que no se repita aquí lo que sucedió en Rondônia".
Viana no se manifiesta en contra de la construcción vial, lo que sería un suicidio político, sino a favor de alternativas que permitan el progreso de los ciudadanos de Acre. Asegura que las aguas navegables de Acre ofrecen un vehículo para acceder a los mercados sin tener que talar los árboles.
Para hacer frente a las emergencias, el estado está expandiendo un sistema de aeródromos en pueblos alejados de los centros urbanos. Viana también promueve una "economía forestal" que genere ganancias de los bosques sin dañarlos. En un pueblo, por ejemplo, se está construyendo una empresa de preservativos que impulsará el mercado para el látex extraído por trabajadores del caucho locales. Al aumentar el valor de las siringueiras, los árboles de donde se extrae el látex, Viana espera reducir la tala destructiva.
Viana y otros gobernadores están explorando todas las posibilidades de generar ganancias y mantener los bosques intactos. La tala en la cuenca del Amazonas libera a la atmósfera entre 100 y 300 millones de toneladas de carbono al año, una cifra que se duplica en años en que arrecian los incendios.
En 1998 el Tratado de Kioto sobre el calentamiento global, auspiciado por la ONU, y no ratificado aún por Estados Unidos, propuso combatir el cambio climático mediante la reducción, hasta los niveles de 1990, de los gases que producen el efecto invernadero, casi todos ellos compuestos de carbono.
Una manera de contribuir a lograrlo es mantener bosques como "conservas" de carbono mediante lo que el lenguaje burocrático denomina "retención de carbono". Esta idea está ganando cada vez más adeptos entre los políticos. Si se desarrolla un plan para vender permisos de emisión de gases con efecto invernadero, el dinero podría llegar a los estados que tomen medidas para reducir la deforestación.
Una estimación indica que si Acre se compromete a reducir la deforestación prevista en un 50% a lo largo de los 500 kms de la carretera BR-364, podrían obtener 37 millones de dólares al año con la venta de permisos de emisión. Lo peligroso de esta idea es que los gobiernos podrían verse tentados a actuar de manera perversa y a promover proyectos de desarrollo para luego "vender" la suspensión de sus propias obras.
Además, el Gobierno federal brasileño aún no ha dado su visto bueno a este concepto porque, entre otras razones, significaría admitir implícitamente su fracaso en el control de la deforestación. Sin embargo, ésta es una de las pocas estrategias que permiten utilizar incentivos económicos para promover la conservación forestal.
Las ideas de Viana merecen la consideración internacional porque reconocen el peligro que esconde el desarrollo de carreteras en la Amazonia, y porque está intentando ayudar a la población sin perjudicar el bosque. También merecen la atención porque ahora sabemos que algo vital para el mundo corre el riesgo de desaparecer.
Cuando visité este gran pulmón verde por primera vez, los científicos y ambientalistas reconocían las numerosas amenazas, pero también pensaban que el Amazonas era demasiado grande para que la insensatez de una generación pudiera destruirlo. En 1998 El Niño nos demostró lo contrario. La decisión de extender 700 km de carretera en el bosque tropical no parece un asunto de importancia mundial. Pero la ruina que podría ocasionar esta decisión vial aparentemente inocua, bien podría contribuir a un desastre de proporciones globales.
Fuente: Red Chasque